EL PESEBRE DE MÍ NAVIDAD (Cuento)
Estaba sentado frente al pesebre que año tras año hacían en la sala de su casa. La sala era inmensa y por tanto lo era también el pesebre. Desde que tenía memoria, todos los años para la época se sentaba a eso de las 3 o 4 de la madrugada a mirar el pesebre con sus lucecitas multicolores, cada foco no era tan pequeño como los de ahora, y estaban revestidos por una especie de pintura fuerte para cada color. Tenía entre cuatro y cinco años de edad. Miraba la pecera, y los pececillos sobre el lago, que era un espejo redondo. Los animalitos del campo, los pastores, las casitas de cartón, las iglesias, la niebla fabricada con algodón, y muchas figuras más de un pueblo y allá retirado el establo donde nacería Jesús. Todo colocado en cada sitio con mucho amor. Tal vez era lo que buscaba al sentarse ahí cada año, con la soledad de la noche y la alegría de ver un mundo de paz que pronto les traería regalos de noche buena. Se sentía feliz y deseaba lo mejor para la humanidad, su familia y para él mismo.
Así pasaron los años y vinieron árboles de navidad, Papá Noel, casas de plásticos, pero seguía siendo la navidad de Amor y Paz. Siguió contemplando el pesebre hasta principios de su adolescencia, en donde con su familia y hermanos rezaban en voz alta o de memoria. Lo último que recordaba de esta bella época, y cuando había abandonado la creencia en la Navidad por lo de su origen pagano, y no sé que otras cosas más, era que había “visto” a la edad de seis años a Papá Noel con su carruaje multicolor en el cielo del patio de su casa, en una tarde de sol y con la brisa de los vientos alisios que pasaban por encima de la Sierra Nevada de su ciudad costera. Había “alucinado”, todo por la creencia de la navidad. Recordó la noche en que supo que los regalos los traían los padres, y no ni el niño dios ni Papá Noel, se acercaban las fiestas carnestolendas en esos días, (“la maldad triunfaba sobre el bien”¿?), sus hermanos mayores y amigos del vecindario hablaban sobre el tema de tal forma que todo parecía que la intención era que él descubriera la verdad, y lo logró, por muy tonto que fuera su apariencia.
Así siguieron los años, y ya maduro, casado, con hijos, sobrinos, nietos, sobrinos nietos, y demás vivos y muertos, volvió a recordar esos años de Amor y Paz frente al pesebre de navidad, que no era pesebre sino una ilusión mental del mismo, al observar en el patio de su casa el cielo, las estrellas, la brisa, la calma de diciembre y su navidad. Al observar las luces modernas de la iluminación navideña, volvía a creer en el espíritu de la navidad. Sentía nuevamente que a pesar de los años, ese deseo de paz que lograba en la niñez, siempre había estado en él y en todos los seres humanos y hasta no humano. Creyó que este año si iba a venir Jesús en la navidad de Occidente, y traería un mundo de amor y de paz para toda la tierra.
Esa noche de navidad ya no rezó, no lo hacía desde sus años de navidad, pero si Oró como quién se comunica con un amigo, consigo mismo, o mejor cuando se habla con un Padre amoroso. Le dijo que todo lo vivido, gozado y sufrido había valido la pena, pero que ya era hora de que entrara definitivamente en su corazón y en el de todos los pecadores como él. Que el mundo cambiara como por arte de magia, que volviera a ser luz en medio de la oscuridad.
Nadie creyó que esa noche buena nacería un nuevo mundo, pero sucedió, amaneció un mundo donde todo era felicidad, comunión, respeto y realización. Supo que había despertado a un nuevo mundo, al paraíso prometido, vio a sus padres, hermanos, amigos, enemigos, esposa, hijos, nietos, sobrinos, desconocidos, en fin se veía todo el mundo feliz en el paraíso terrenal. No existía la necesidad de equipos de comunicación para comunicarse, de energía para alumbrar, no se requería de nada, solo de ser uno mismo y todo se daba sin egoísmo, maldad, ni mala intención. Todo era AMOR.
Esta Navidad duró así por siglos de los siglos y por siempre jamás, en el corazón de todos los hombres de buena voluntad.